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¿Le importa a Dios mi Sufrimiento?

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Estoy sufriendo. ¿Tan solo le importa a Dios que estoy sufriendo?

Tenía dieciséis años y sufría profundamente pues alguien me había roto el corazón por primera vez—casi no podía contener las lágrimas al estar rodeado de mis amigos y familiares. Cada día, cuando terminaba la escuela, me escondía en mi habitación, apagaba las luces, me acurrucaba en la cama y lloraba hasta que me llamaban para la cena. Los placeres normales de la vida de adolescente eran poco consuelo para mí. No podía imaginar que volvería a sentirme despreocupada o alegre de nuevo.

Después de una semana de sombría desesperanza, oí que alguien tocaba a mi puerta. Murmuré: “Adelante”, sin levantar la cabeza y mi padre entró a mi habitación.

No me habló—no al comienzo. Solo se sentó a los pies de la cama en la oscuridad, compadeciéndose de mi sufrimiento. De vez en cuando me daba palmadas en el hombro o la cadera, mientras yo me mantenía sumergida hasta las orejas en un viejo edredón. Finalmente me dijo: “Puede ser que no me creas ahora, pero vas a estar bien. Además tu Papi te ama no importa lo que pase”. Se quedó sentado un rato más, me dio una leve palmada y dijo: “Ya mismo estará lista la comida” y salió de allí.

Todavía me sentía herida, pero veía un rayito de esperanza. Alguien entendía mi situación . Yo le importaba a alguien.

A los padres bondadosos les importa cuando sus hijas sufren. Sin embargo, ¿a Dios le importa cuando sufrimos? Si es así, ¿cómo nos lo demuestra?

Dios Combate el Mal y el Dolor de Frente

Algunas religiones intentan explicar los males del mundo. Las cosas malas se atribuyen al karma o se culpa exclusivamente a los actos mal dirigidos de la humanidad, o a la falta de atención de parte de Dios.

No es así con el cristianismo. No disfraza el mal que hay en el mundo: “Cuando el mundo nos informa, como suele hacerlo, que todo ser humano tiene derecho a una vida fácil, cómoda y relativamente libre de sufrimiento, una vida que nos permite descubrir, demostrar y desplegar todas las fortalezas latentes en nuestro interior, el mundo deforma la realidad”.1

La visión de Jesús del mundo era muy diferente. Él no andaba con rodeos: “En este mundo afrontarán aflicciones”.2 Sin embargo, no se quedó ahí. Alentó a sus seguidores: “¡Pero anímense! Yo he vencido al mundo”.3

Dios Ofrece Consuelo Oportuno

Dios no niega que vivimos en un mundo muy viciado y quebrantado. En cambio, se acerca a nosotros y nos acompaña mientras  se adentra en ese mundo. “Hay una grieta en todo”, escribió el poeta y músico canadiense Leonard Cohen. “Así es como entra la luz”.4

Nuestras aflicciones se pueden convertir en el lugar mismo donde nos encontramos con Dios y experimentamos la intimidad de su presencia reconfortante. “Cuando cruces las aguas”,  el Señor nos dice, “yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas”.5

Dios no nos promete librarnos de todo dolor, ni promete evitarlo. Él no siempre interviene para alejarnos del sufrimiento o de todo mal, pero cuando estamos afligidos, nos reconforta en medio de nuestras penas.

A veces nos levanta mediante la bondad de otras personas. A veces nos brinda un sentido de paz que nunca podríamos conjurar ni mantener por nuestra cuenta. A veces, al mirar algo bello o mediante unas oportunas palabras de aliento, nos tranquiliza y nos damos cuenta de que estaremos bien, que somos amados.

La Creación Divina Es Prueba de Que Sí Le Importamos

Puede ser que no creas que Dios es el creador de este mundo, pero en cada acto de creación se refleja su creador—así que si Él es capaz de crear algo,  entonces esta creación es un reflejo de su carácter. Además, el universo que fue creado demuestra un cuidado y una atención a los detalles increíbles.

Las plantas producen semillas y se reproducen por sí mismas de forma natural. Las estaciones cambian, garantizando que las condiciones extremas del invierno y el verano no sean muy duraderas. La primavera y el otoño nos dan espacio para recuperarnos y acostumbrarnos a cosas nuevas. Las heridas cutáneas se curan de manera natural—se forma una costra encima de la herida y las células del cuerpo se reabastecen sin nuestra ayuda ni atención. Los niños crecen y se desarrollan en el vientre de sus madres, de manera invisible hasta que ocurre el milagro del nacimiento.

De estas maneras (¡y miles más!) Dios ama y se ocupa de su creación. Y si estamos en el nivel más alto de esa creación, ¿no suena razonable que se ocupe de nosotros también? Considera lo que Jesús dijo: “Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?”6

Dios Ha Arriesgado Su Propio Pellejo

La mejor razón que tenemos para creer en el amor y la compasión de Dios por nosotros es la encarnación. Dios, viendo todo lo que estaba quebrantado en el mundo—todo el pecado, toda la tristeza—intervino en persona. Sin embargo, no solo envió un mensaje; nos envió a su hijo.

Jesús se hizo humano y Dios le encomendó a introducirse en nuestro afligido mundo: “El Espíritu del Señor está sobre mí,” dijo Jesús, “por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos”.7

En otras palabras, Dios se dio cuenta de nuestro mayor y eterno dilema (que nos separamos de Él), sintió amor y compasión por nosotros y demostró ese amor: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.8

En la persona de Jesús, Dios se involucró en carne y hueso. Como un buen padre, le dice a los que sufren y le piden ayuda: “Puede ser que no lo sepas ahora, pero estarás bien… y tu padre te quiere muchísimo”.


  1. J. I. Packer, Weakness Is the Way (Wheaton, IL: Crossway, 2013), 53.
  2. La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional © 2011, Juan 16:33.
  3. Ibid.
  4. Leonard Cohen, “Anthem,” Selected Poems 1956–1969 (Viking Press, 1968).
  5. La Santa Biblia, Isaías 43:2.
  6. Ibid., Mateo 6:26.
  7. Ibid., Lucas 4:18–19.
  8. Ibid., Juan 3:16.
  9. Crédito de Foto: Aleshyn_Andrei / Shutterstock.com.
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