¿Qué es Pecado?
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¿Qué es Pecado?

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Para las personas más religiosas, "pecado" es una palabrota. ¿Por qué es eso? ¿Qué es el pecado en el primer lugar?

A la gente religiosa le gusta hablar del pecado. Mucho. Parece obsesionada—como los acusadores de Hester Prynne en la novela La Letra Escarlata—con la vergüenza, la culpa y la condenación.1 Y la mayoría de la gente no se divierte.2

El problema no es que la mayoría de nosotros pensemos que no tenemos faltas o cometamos errores, pues sabemos que lo hacemos. Pero la palabra “pecado” connota algo más sucio, siniestro o pervertido.

Así que ¿por qué las personas religiosas se enfocan tanto en el pecado? ¿Por qué tratan de imponer su entendimiento del pecado y la moralidad a los demás?

Todo depende de su comprensión de la palabra “pecado”. Antes de desechar el término por completo, usándolo como si fuera una noción arcaica que debe ser olvidada, exploremos el concepto un poco más profundamente.

¿Qué es el pecado y por qué es tan importante?

Errar el Blanco

La explicación más común para el concepto de pecado viene de la palabra griega hamartia. Homero y otros autores clásicos utilizan hamartia, y las palabras relacionadas, para describir “errar el blanco” o el “fracaso para llegar a una meta”.3

Los autores del Nuevo Testamento utilizaron el término de una manera similar. Para ellos, la meta de la vida era hacer la voluntad de Dios y podemos hacerlo siguiendo las enseñanzas y las “leyes” morales de la Biblia. Ellos creían que cuando seguíamos estas leyes, como “no robarás” y “no matarás”, la sociedad florecería tal cual era su destino.

Pero cuando desobedecemos estas leyes, la acción se llama pecado. Como un escritor bíblico lo explicó: “Todo aquel que comete pecado, infringe la ley, pues el pecado es una infracción de la ley.”4

Así que si la norma es seguir la ley moral de Dios, entonces errar el blanco, el pecado, no es más que la ruptura de la ley moral de Dios. Dicho de otra manera, el pecado es quedarse corto en la meta final de obedecer las directivas de Dios. Y, de acuerdo con el apóstol Pablo, nadie es inmune: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”5

Es cierto que ver el pecado como simplemente el rompimiento de la ley moral Dios no es la perspectiva más satisfactoria. Después de todo, algunas de las “leyes” de la Biblia son difíciles de entender y se sienten absurdas. Hacen que Dios parezca un policía cósmico esperando para darle un zape a cualquier persona que se pase de la raya.

Pero no es así como Jesús describió a su Padre celestial cuando enseñaba ni los primeros cristianos veían a Dios de esta manera. Tal vez nuestra definición está aún incompleta.

Corrupción de lo Bueno

Otra forma de entender el pecado es como la perversión o corrupción de lo que es bueno.

“Pervertir algo” escribe el teólogo Cornelius Plantinga Jr., “es torcerlo para que sirva un fin indigno en vez de uno digno o para que sirva a un fin totalmente equivocado.”6 Cuando pervertimos las cosas—ya sean hábitos, objetos, ideas e incluso la gente—nos dañamos a nosotros mismos, nuestras relaciones con los demás y nuestra relación con Dios.

Agustín, uno de los primeros teólogos de la iglesia, articula esta comprensión del pecado más hábilmente. Escribió:

El pecado surge cuando los bienes menores se persiguen como si fueran los objetivos más importantes de la vida. Si el dinero o el afecto o el poder se buscan en formas obsesivas, desproporcionadas, entonces, se produce el pecado. Y el pecado se magnifica cuando, por estos objetivos menores, no somos capaces de perseguir el bien más elevado y los mejores fines. Así que cuando nos preguntamos por qué, en una situación dada, cometimos un pecado, la respuesta suele ser una de dos cosas: ya sea que queríamos obtener algo que no teníamos o temíamos perder algo que teníamos.7

Algunos creen que las personas religiosas usan el concepto del pecado para controlar o manipular los comportamientos de los demás. Aunque esto pueda ser cierto para algunas personas equivocadas, la idea del pecado como la corrupción del bien generalmente proviene de un deseo de ayudar a la gente a evitar el daño que el pecado puede causar en su vida, su mundo y las vidas de sus seres queridos.

Consideremos sólo algunas de las cosas buenas de la vida que podemos usar mal y unas cuantas consecuencias de esos abusos: la comida (obesidad y enfermedades relacionadas), la cerveza o el vino (alcoholismo), el sexo (pornografía y trata con fines sexuales), la política (poder desmedido), el dinero (codicia), recreación (irresponsabilidad), el trabajo (abandono de la vida personal), los amigos y la familia (co-dependencia). La lista podría seguir y seguir.

Egoísmo

Si bien estos dos conceptos—el pecado como violación de la ley y el pecado como la corrupción de lo que es bueno—son interesantes, hay otra definición que debe considerarse. En pocas palabras, el pecado es egoísmo.

El pecado ocurre cuando las propias actitudes y acciones sirven a uno mismo, en detrimento de otros o de nuestra relación con Dios. Ya sea que se ponga de manifiesto en el chismorreo, perder los estribos o en no amar a tu prójimo como a ti mismo, el egoísmo está en el centro del pecado.

Pero el egoísmo no es sólo acerca de los pensamientos y los hechos concretos, sino que es más un asunto de disposición interna e identidad. El autor Tim Keller señala: “Todo el mundo obtiene su identidad, su sentido de ser distinto y valioso, de algún lado o de algo.”8

La Biblia enseña que Dios nos creó para tener una relación con él y vivir nuestras vidas a su servicio, para su gloria y nuestro bien. Por lo tanto, “El pecado trata de convertirse en uno mismo, para tener una identidad aparte de la suya.”9

Por eso el pecado es una cosa muy importante. Marca nuestra identidad y relación con Dios. Un pecado pequeño puede parecer insignificante. Pero la naturaleza misma del pecado lleva a la pregunta de si reconocemos a Dios o no como el Creador y la autoridad última, y esto es siempre muy importante. En cierto modo, nuestro pecado y el egoísmo dicen: “Ahora seré mi propio dios.”10

Evitar el Pecado

Entonces, ¿qué podemos hacer con nuestros pecados? Obviamente, podríamos rechazar toda la idea y seguir felizmente nuestro camino. Sin embargo, pocos nos sentiríamos cómodos en un mundo sin límites ni normas morales.

Podemos tratar de ser mejores. Pero si hablamos en serio, el tan solo intentarlo no va a resolver el problema profundo del egoísmo y de la identidad. Tiene que haber un cambio más fundamental. 

Tal vez los primeros pasos consideren lo que realmente creemos acerca de Dios, evaluar cómo incorporamos estas creencias en nuestra vida diaria y tratar de armonizar los dos, buscando una relación correcta con Dios.


  1. En su famosa historia, Nathaniel Hawthorne describe cómo una mujer puritana de la Nueva Inglaterra del siglo XVII, Hester Prynne, estaba obligada a llevar un bordado de la letra A en su ropa para representar un constante recordatorio del pecado de adulterio que había cometido. 
  2. David Kinnaman y Gabe Lyons, unChristian: What a New Generation Thinks About Christianity . . . and Why It Matters (Grand Rapids, MI: Baker, 2007). En este libro, los autores demuestran cómo las mayores percepciones que se tienen de los cristianos, entre los adultos jóvenes, se relacionan con los rasgos negativos, tales como “anti-homosexual”, “hipócrita” y “crítico”.
  3. W. Gunther, “Sin, hamartia” en New International Dictionary of New Testament Theology, ed. Colin Brown (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1978), vol. 3, 577.
  4. La Sagrada Biblia, 1 Juan 3:4.
  5. Ibid., Romanos 3:23.
  6. Cornelius Plantinga Jr., Not the Way It’s Supposed to Be: A Breviary of Sin (Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Company, 1995), 40. Los ejemplos entre paréntesis del autor se han eliminado de la cita.
  7. Augustine, The Confessions of St. Augustine, Christian Classics in Modern English translated by Bernard Bangley (Shaw Books, 2000), 41.
  8. Timothy Keller, The Reason for God: Belief in an Age of Skepticism (New York: Dutton, 2008), 162.
  9. Ibid.
  10. Millard J. Erickson, Christian Theology, 2nd ed., (Grand Rapids, MI: Baker, 1998), 597. En este libro, el teólogo Millard Erickson escribe: “El destronamiento de Dios de su lugar legítimo como el Señor de nuestra vida requiere entronizar otra cosa y esto se entiende como la entronización de uno mismo”.
  11. Crédito de Foto: Themalni / Shutterstock.com.
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