¿Cómo sé si soy una Persona de Valía?

¿Cómo sé si soy una Persona de Valía?

¿Cómo sé si soy una Persona de Valía?

¿Tiene valor tu vida? ¿Cómo puedes saber si vales la pena?

Aquí, aquí dentro tengo lo que es más que apariencia.Hamlet1

Soy profesor de inglés y enseño a mis estudiantes que cada obra de arte ofrece a su lector un microcosmos, un mundo construido con detenimiento que funciona de acuerdo con sus propias reglas. Cada uno de estos microcosmos está fundado en un grupo de estándares morales, intelectuales y estéticos, el cual le otorga una forma especial, le ayuda a mantener esa forma y les informa a sus habitantes cuándo está bien reir, llorar, cantar, bailar, amar u odiar.

Para poder entender estos mundos diminutos, a menudo, en la clase, redactamos un listado de las virtudes o los comportamientos que cada microcosmos considera como sagradas. ¿Qué características, nos preguntamos, debe poseer un héroe si va a tener éxito y prosperidad en ese mundo? ¿Qué debe hacer para lograr poseer dignidad y valía?

Aquiles y Eneas, Hamlet y Huckleberry Finn, Beowulf y Bilbo Baggins: todos famosos héroes, deben navegar por microcosmos diferentes que valoran virtudes diferentes. No obstante, se deben preguntar lo mismo: ¿Cómo sé que tengo valía?

Los criterios para determinar ese valor pueden cambiar, pero no cambia la necesidad de saber si uno lo posee.

El Equipamiento para Vivir

El crítico estadounidense Kenneth Burke ha alegado que la función cultural de la literatura es suplir a sus lectores el “equipamiento para vivir” con “estrategias” para sobrevivir en un mundo que es, a menudo, difícil de entender y hasta más difícil de controlar.2 Burke particularmente destaca los proverbios como géneros literarios que encarnan ciertas ideas sobre la vida. Cada país y cultura tiene su propia reserva de proverbios que han conformado las opiniones y experiencias de su gente.

Ya sea que esos proverbios provengan de la Biblia, el Corán, el Bhagavad Gita, los Analectos de Confucio, El arte de la guerra o de Poor Richard’s Almanac (el almanaque del pobre Richard), los mismos proporcionan estrategias para lograr el éxito externo y el valor interno. Los proverbios, como la cultura propia, ayudan a hacer la vida más manejable mediante el establecimiento de reglas que el grupo completo acepta cumplir y ayudan a sus miembros a definir su lugar dentro de ese grupo.

Considerando que la valía de Aquiles reside en sus proezas en el campo de batalla, demostrada por su colección de premios de guerra, la de Eneas es más corporativa: debe sacrificar su propia felicidad para poder transportar a los sobrevivientes de la Guerra de Troya del país actual de Turquía a la costa occidental de Italia. La valía de Hamlet proviene de vengarse de su padre y la de Bilbo es ser leal a su banda alegre de ladrones. 

Una Base Sólida para la Autoestima

Aunque la cultura—y la proverbial sabiduría que la conforma—puede ofrecer dirección a los que buscan ser personas de provecho y valía, hay algo que no puede hacer. No puede garantizar la dignidad a las personas como individuos separados de su grupo étnico, cultural o religioso.

Como seres conscientes, racionales, morales, exigimos un fundamento más estable para nuestra autoestima personal. ¿Cómo podemos saber si poseemos ese valor intrínseco? Nuestra cultura nos enseña a sobrevivir y ser feliz; sin embargo, internamente ansiamos saber si poseemos esa valía esencial.

¿Cómo sabes que eres una persona de valía? Algunos pueden responder a esto con frases hechas: Sé que soy valioso porque tengo un trabajo que paga mucho, o dos hijos preciosos, o una gran carrera de atletismo o una mente bien disciplinada.

¿Pero qué pasa si esa persona pierde su trabajo, si sus hijos mueren en un accidente de carro, si se le lesiona la rodilla o si contrae la enfermedad de Alzheimer? ¿Ya estos cuatro seres han perdido su estatus como personas de provecho y valía como individuos? ¡Claro que no!

Debe haber otra respuesta a esta pregunta, entonces—una que es más segura, que está fundamentada en algo que ni los cambios en la economía ni las tragedias imprevistas pueden destruir. Debe haber una base más esencial, más sólida para la autoestima.

La Respuesta Cristiana

Muchas religiones (aunque no todas ellas) están cimentadas en el valor intrínseco, en la creencia de que fuimos creados a la imagen de Dios, pero yo alegaría que esta respuesta no es suficiente para garantizar nuestra dignidad y valía plenas.

Por ejemplo, para los niños no es suficiente conocer únicamente la identidad de su padre biológico. Pueden dudar de su propio valor si no saben que él también los comprende, acepta y ama incondicionalmente. Se necesita algo más—un fundamento más profundo y esencial.

Y ese algo se encuentra únicamente en el cristianismo.

Más allá de nuestro deseo—incluso lo que dirige nuestro deseo—de ser aceptados, está la necesidad universal y transcultural de ser amado profunda, verdadera e incondicionalmente. Todos anhelamos que nos acepten por quienes somos, que el Creador nos juzgue como personas de valía.

El apóstol Pablo dijo: “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.”3 El apóstol Juan declaró: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados.”4 Jesús mismo dijo: “Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo lo conozco a él, y doy mi vida por las ovejas.”5

Jesús murió por nosotros mientras éramos pecadores, mientras no había nada en nosotros que se pudiera amar. Asumió el peso y las consecuencias de nuestros pecados y, en su resurrección, Jesús venció al pecado y a la muerte, abriendo el camino directo a una relación con Dios. “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida.”6

Tanto valoraba Dios a la humanidad, que sacrificó a su Hijo unigénito y Jesús, por su propia voluntad, sufrió tremendamente por nuestras culpas. Aunque no éramos merecedores de ello, Jesús nos hizo ser merecedores dándonos un sistema mediante el cual podemos tomar la santidad de Cristo y tener una relación personal con Dios. Yo afirmaría que el amor de Dios, la apreciación innegable de su creación, es la prueba máxima del valor del ser humano.

  1. William Shakespeare, Hamlet (New York: Signet, 1987), 43.
  2. Kenneth Burke, “Literature as Equipment for Living,” Critical Theory Since Plato, rev. ed., ed. Hazard Adams (New York: HBJ, 1992), 921–924.
  3. La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional © 1999, Romanos 5:8.
  4. Ibid., 1 Juan 4:10.
  5. Ibid., Juan 10:14–15.
  6. Ibid., Juan 3:16.
  7. Crédito de Foto: szefei / Shutterstock.com.